lunes, 14 de junio de 2010

UN POCO SABIO

El motor de la vida son los sueños. Los jóvenes los tienen infinitos, pero con los años en cada curva se pierde una rama, la realidad los va podando, y si uno esquiva el precipicio del nihilismo y el pozo negro del cinismo, aspira solo a ser un poco sabio.
Hace algunos años, mi amigo Caloi exigía con vehemencia y humor en su micro televisivo un Cacho de Cultura; yo me corro de su senda y me acerco a los que pretenden un poco de sabiduría.
Si la vida poda los sueños, con la sabiduría el asunto es limitar la ambición.
Para los ricos y los poderosos la ambición exige la postergación del placer y del deseo, al simple costo de que pasen el deseo y el tiempo del placer. Solo gozan al acumular, lo que va matando las otras formas del disfrute.
El medio económico convertido en fin único donde concentrarlo es simplemente disfrutar de la enfermedad. Pero los ricos se sienten importantes y la sociedad acompaña su sentimiento. No son sabios pues sabio es el que esquiva el ataque de la ambición.
El poder tiene un componente enfermo que hace sentir superior, olvidando que lo que lucimos afuera es inversamente proporcional al adentro, es el hábito para ese monje que sin él no sirve para nada, ni siquiera parece monje.
En la carrera de sabio, es necesario el silencio en cuotas buscadas y la soledad en dosis de cuenta bancaria.
Si la ambición es el enemigo absoluto, la certeza es la tumba segura. Para ser un poco sabio hay que dudar y mucho.
Manzi dice de Discepolin: “le duele como propia la cicatriz ajena”...Y Expósito: “ya toma el aire su pincel y hace con él la primavera”.Los poetas siempre son sabios, no imagino en ellos la distancia del dolor.
Ser un poco sabio es gozar de la soledad, de la paz con uno mismo, de la lectura en silencio. Detener la angustia existencial, por un rato, aplacarla o domesticarla un poco.
Asumir el paso del tiempo como tarea cumplida, aceptar que la piel de los años es la piel de la vida. Dejar las arrugas de afuera y estirar los deseos de adentro.
Convivir con la muerte sin demasiado temor pero tampoco haciéndose el confianzudo.
Si uno es ateo dejar un lugar para con Dios, si es deísta permitirse la duda en la fe.
Mantener vivas las pasiones, imaginar que uno las domina, dejarse dominar a veces.
Y estar enamorado de la vida siempre, cuando acaricia y cuando pega, siempre, porque lo otro es necedad.
Es ser humilde, la realidad no permite otra cosa, y escuchar, no hay otra manera de aprender. Volverse sordo a las sandeces pero apreciar la simpatía de los necios.
Es construir la cordura sin matar el metejón por la demencia.
Intentar reflexionar sabiendo que no todos lo intentan, lograrlo a veces aceptando que no nos vuelve mejores que los otros.
Dejar abiertas las puertas de la sorpresa, asombrarse por las cosas simples, deslumbrarse por toda la belleza.
Saber que el silencio válido implica la plenitud de los sonidos, la soledad es alejarse con los afectos maduros, con construcciones forjadas y nunca con frustraciones.
Respetar las grandes dimensiones, pero amar lo pequeño que suele ser hermoso.
Usar el esfuerzo y el sacrificio para diseñar el descanso y el placer.
Exigir de uno mismo lo necesario respetando a los demás en sus opciones.
Aceptar que la tensión entre la exigencia y el deseo jamás encuentra reglas definitivas.
Agradecer lo recibido, esperando deseoso lo por venir, defendiendo los sueños de los ataques de la realidad, viviendo la realidad como si fuera la concreción de los sueños.
Con las suelas del asombro y la sorpresa gastadas pero firmes, sabiendo que vivimos mucho aunque siempre con ganas de algo más.
Un poco sabio, con un resto de inocencia en la cordura, con sueños de locura y de poesía, con la humildad del que está cerca de la meta e ignora siempre adonde va a llegar.
Tan solo un poco.

TODOS UNIDOS PERDEREMOS

La foto del peronismo no gubernamental decidido a tener un candidato común tiene varias lecturas posibles. El tiempo podrá medir su resultado en el mercado electoral.
En política, sumar personas pocas veces sirve para acumular sus virtudes y muchas, para generalizar sus defectos.
El gobierno ha dilapidado votantes que sus adversarios no son capaces de convocar, aunque hay algo decidido firmemente por la sociedad: no retroceder.
Cobos venía haciendo su juego en soledad; cuando se asoció con vestigios de la vieja Coordinadora, la memoria de la impotencia inhibió su novedad.
Duhalde tuvo un tiempo de candidato solitario, como si se hubiera dispuesto a ser el forjador de lo nuevo, y demoró muy poco en reunir viejas huestes que lo retrotrajeron a la imagen de lo que fue.
Menem y De la Rua son marcas registradas de lo que nadie soporta, y quienes lograron sobrevivir a sus desmanes están obligados a exagerar su crítica hacia ese pasado.
Kichner, con virtudes y defectos, forma parte de una política que es necesario asumir y perfeccionar, y sólo puede ser superado por alguien que intente ser post kirchnerista.
Kirchner y Duhalde pueden haber transitado juntos el malestar de los noventa, claro que el gobierno dio demasiadas muestras de cuestionar a ese oscuro liberalismo y el peronismo federal tiene más de nostalgia por el tiempo perdido que de voluntad de un futuro distinto. En lo personal, debo aclarar que tengo diferencias con el gobierno, pero me declaro enemigo de la política de Menem y Cavallo.
La foto del peronismo fuera del poder tiene un tufillo excesivo a restos de un pasado de conservadores en camino a un futuro parecido. En el espectro político eligieron ya el lugar de la derecha; ni el gobierno ni el radicalismo les van a pelear la ubicación. Dejar de lado a Macri es no animarse a asumirlo todavía o no aceptar que ocupan el espacio más conservador. Lo malo de las fotos con muchos integrantes es que uno percibe con más fuerza los rechazos que las adhesiones.
Sin embargo, lo bueno del radicalismo y el peronismo federal es que no se estructuran en torno a un jefe sino que esperan elegirlo al final.
Con tantos mediocres convencidos de que el gobierno estallaba por ayudar más a los pobres que a las empresas, al no llegar la crisis los que dan en quiebra terminan siendo los agoreros. Mientras algunos critican al gobierno por sus carencias, son demasiados los que lo detestan por sus virtudes. El gobierno exagera sus definiciones y hasta sus odios; la oposición solo es clara cuando define el supuesto Apocalipsis que el gobierno provocaría.
La imagen de Raúl Alfonsin se había liberado de culpas que la sociedad había descargado en la Coordinadora que lo supo acompañar. Eso permitió que su hijo derrotara al aparato, a ese que les dio un solo triunfo y largos años de fracasos. Ahora los radicales tienen la oportunidad de derrotar a un peronismo dividido, pero corren el riesgo de que si fracasan en ese intento, puedan desaparecer como partido.
Un vicio de los analistas autóctonos reside en concebir a los aparatos políticos, a esa mezcla de lealtades y prebendas como invencibles. El ejemplo peronista alcanza para demostrar lo contrario: el aparato lo tenía Bitel y ganó Luder, lo tenía Cafiero y ganó Menem, lo tenía Menem y ganó Duhalde. No solo no son invencibles, no ganan nunca ya que son la burocracia que todos sueñan derrotar.
Y hay otro fenómeno importante, el negativo peso del pasado: la percepción del presente es conflictiva mientras que la del pasado es nefasta.
Cobos necesita derrotar al fantasma de De la Rua tanto como Duhalde al de Menem.
Si no lo logran, volverá a tomar impulso la posibilidad de un triunfo del gobierno.
Si Duhalde o Cobos son capaces de proponer una sociedad superadora de lo actual, estarán en condiciones de ser elegidos; si son portadores del recuerdo de pasados fracasos, le dejan al gobierno el lugar de lo más avanzado en la política actual.
Necesitan enriquecer sus propuestas a la par que limitar sus críticas.
La sociedad tiene necesidades demasiado concretas como para que los partidos les hablen de nebulosas. Ni la economía, ni la inseguridad, ni el orden social, ni la complicada integración de los caídos de los noventa son asuntos que soportan respuestas difusas.
Cobos logró aparecer como resultado de una casualidad parecida a la suerte; Duahlde logró sobrevivir porque de sus equipos solo recordaban a Lavagna. Ninguno de los dos soporta hasta ahora una comparación con los políticos exitosos de los países vecinos.
Kirchner hizo de sus excesos un instrumento que redujo el número de sus seguidores mientras aumentó la pasión de sus lealtades, en un intento de optar por cambiar cantidad por calidad. Sus desafiantes no consiguen escapar del cerco que les impone el gobierno e intentan superar el fanatismo oficial con un exceso simétrico en manos de la oposición. Caen así en el peor de los errores pues imaginan que vienen días de Apocalipsis tan solo porque el gobierno no actuó según los sueños de sus enemigos. Es la eterna teoría de “si no hacen lo que yo les digo, van a sufrir las consecuencias”, y la verdad es que ni la inflación estalla ni la sociedad se subleva ni los medios irritados logran ultimar al gobierno.
Ganó Alfonsin en el radicalismo por ser capaz de encarnar lo imagen de lo nuevo, de lo que venía a superar la anquilosada burocracia asociada a tantas derrotas.
Entre tanto, el gobierno intenta heredar el peronismo de los setenta y el nuevo grupo tiene marcas del de los noventa. En síntesis, a Perón se lo cita mucho más de lo que se lo comprende y respeta.
La división del peronismo parece ser definitiva. El radicalismo estará ubicado en el medio, entre los dos peronismos. Cuatro opciones ocuparán el mañana electoral, y el peronismo federal será sin duda lo más conservador de ese espectro, una excelente cantera de votantes.
En ese escenario el gobierno tiene sobradas esperanzas de imponer sus ideas, de mantener su lugar de mayor cuestionador de los noventa. No importa cómo acompañó aquellos desmanes, se impone la imagen de quien recupera el poder para el Estado y es capaz de conducir sin ceder.
Si la contradicción se da entre un uso excesivo del poder y unos sucesores con olor a naftalina, nos queda la sorpresa de un final abierto.
Lo cierto es que dos peronismos y un radicalismo estarían hoy en condiciones de ganar.
La política nacional recupera los carriles de lo previsible, lugar donde el talento está tan ausente como el riesgo de confrontación.
No tranquiliza pero tampoco asusta, es tan solo lo que tenemos.

ISRAEL y CUBA

Lo de Israel hace tiempo lastima mi estructura personal de lealtades.
Uno imagina que el dolor enseña, y que las persecuciones que sufrió ese pueblo lo habrían vuelto invulnerable a la tentación por los excesos que seducen desde todo poder. Pero persiste la infinita sorpresa que oculta la reacción de todo ser humano, y los que más sufrieron son incapaces de ocupar el lugar del sabio, del que más aprendió.
Defender a Israel era ocupar el lugar obligado para enfrentar la demencia y la degradación de sus perseguidores derrotados por el mundo de la libertad.
Y el mundo que defendió a Israel era aquel que decidía imponer la fortaleza moral sobre la militar, eso que hoy expresan sus victimas.
Ser antisemita implicaba ocupar el lugar del oprobio, ¿como no nos iba a lastimar entonces que los herederos de aquella noble causa tengan conductas parecidas al de su opresor.
Ahora son ellos los que abusan de la debilidad de sus vecinos, los que aparecen como la avanzada de una visión del occidente supuestamente superior ocupando el lugar del gendarme en medio de una cultura que busca su lugar en el mundo.
Duele y lastima, ahora ser antisemita implica a veces condenar atrocidades cometidas por el estado de Israel.
Porque no defendíamos un pueblo en especial sino el derecho a vivir con dignidad de una cultura perseguida en exceso. Como nos ayuda el talento y la sabiduría de Daniel Baremboin para poder darle distancia a la mirada.
Y entonces me vienen los recuerdos de Cuba, de esos sueños del mundo socialista que quedaron encerrados en una isla y un esquema, en un sectarismo y una falta de libertad que les sirve de excusa a demasiados de sus originales detractores.
Algunos festejan el fracaso, a otros nos duelen sus limitaciones.
Como explicar que para que exista la justicia no tiene que morir la libertad, que toda dictadura es nefasta para él genero humano y peor aun aquella que nació para hacer justicia.
Y la serie infinita de justificaciones que le sirven a los Castro para explicar el bloqueo del imperio y justificar las consecuencias y a Israel para denunciar las agresiones de los fanáticos y justificar la represión.
Como olvidar al comunismo y sus explicaciones infinitas, aquel muro que separaba un pueblo y el mundo entero festejo con su caída. En todos los casos siempre quedan los que aplauden todo, los que de tanto justificar a Stalin perdieron el derecho a despreciar a Hitler.
Los trazos gruesos pueden explicar una etapa, un momento necesario para definir una sociedad distinta. Pero cuando la supuesta excepción va tomando su oscuro lugar de regla las cosas ya no se pueden justificar y llego el momento de imponer sin escuchar.
El socialismo de Cuba y el destino de Israel fueron parte de los sueños de muchos, demasiados compañeros de ruta, miembros de mi generación.
Parecían entonces los lugares del mundo donde estaba por florecer lo nuevo, la muerte del egoísmo en manos de la solidaridad, las causas que le daban sentido a la vida.
Cuantos amigos despedimos en su nuevo rumbo de encontrar en Cuba el socialismo y la justicia o recuperar en Israel la patria que habían heredado con su sangre.
No estoy revelando el pesimismo ni diciendo que no es posible un mundo mejor, solo expresando lo que duele aceptar que el fracaso esta carente de excusas, que la soberbia de algunos salvadores del mundo se degrado en experiencias peores a las que intento salvar.

lunes, 31 de mayo de 2010

La Resaca: El pueblo habló

Todo fue asombro, la realidad superó los cálculos de los interesados en estudiarla, algo rompió de pronto los rígidos moldes de los supuestos expertos hasta el punto de que los que intentaron medir las consecuencias fueron sobrepasados por el espacio de las desmesuras.
El gobierno mostró su mejor talento para transitar la realidad y, en alguna medida, esa capacidad de ejecución lo salvó de explicar el excesivo número de sus enojos. Macri cumplió con creces sus expectativas  al imprimirle su sello de eficiencia al teatro que muchos imaginaban imposible de recuperar. La Iglesia se mostró homogénea como para explicar que no cambia de opinión por la distancia o los templos. Las provincias dijeron su presente con solvencia.

Por encima de la capacidad de las minorías,  un pueblo feliz recorrió Buenos Aires con sobriedad, con sus hijos en brazos para que recordaran los fastos, un pueblo que hacía tiempo no salía a la calle con esa intensidad.
Unos pocos huyeron a sus barrios privados para dejarles la ciudad a tantos que habitan los barrios reales del esfuerzo. Así, volvió a ocupar su ámbito la marea humana de los que disfrutan de ser masa, de los que están gozosos de sentirse pueblo. Conmovía verlos transitar paseos y eventos, ocupando todos los espacios que uno pudiera recorrer.
Si la minoría, que es la clase dirigente, estaba dividida y fracturada, abajo, entre los que habitan la patria que cumplía sus años, nada se imponía más allá del abrazo.
Los medios de comunicación reflejan todos el asombro por la cantidad, quizás importe insistir en el enorme valor de su calidad.
Allí estaba ese pueblo que no estuvo cerca en el nacimiento y sin duda marcó con su ausencia el Centenario, ese pueblo que ni siquiera tenía derecho a votar cuando los que se sentían dueños del destino colectivo imaginaban un futuro glorioso.
Con los doscientos años, el festejo les correspondió a las mayorías, silenciosas a veces, y se comprobó que sólo con ellas presentes se tiene derecho a mencionar lo colectivo.
Y las dos miradas, aquellos que conciben con Paretto que “la historia es un cementerio de elites” y la otra, la de los que pensamos que en el seno del pueblo se encuentra el verdadero sentido de la historia.
La presencia de otros presidentes latinoamericanos y la sensación de que todo era una fiesta ante el silencio agobiado de aquellos que soñaban otros rumbos plagados de inversores y de esclavos y un pobre debate que ponía rostro meditativo cuando apenas arañaba la realidad.
Ausente de la sociedad, la batalla política se resguardó en algunos recovecos y las viejas posiciones derrotadas se refugiaron en la evocación de glorias pasadas, en aquel Centenario donde todavía se veían como dueñas de una sociedad que necesitaba ordenar a los de abajo, imponerles un proyecto y su poder.
En esta fiesta, los visitantes superaban las pasiones de cualquier arco ideológico, las masas ocupaban las calles como manera existencial de cuestionar el lugar de remotas minorías ilustradas. Era la Hora de los Pueblos que ayer previera el viejo General, la hora del continente donde ya no queda espacio para soñar otro destino que el unido al de los hermanos.
El gobierno puso bastante leña para este fuego del amor a la patria en su aniversario, y la gente, el pueblo puso indudablemente mucho más.
Solemos seleccionar recuerdos según la mirada de las pasiones: los viejos fundadores estuvieron presentes pero el aluvión contemporáneo se impuso por su peso y su apasionada vocación de justicia.
Desde el folklore a la ópera tuvieron cada uno su más digno escenario, millares de padres con sus hijos en brazos intentaban que conservaran esas imágenes y esas voces para ser coherentes en el mañana de la patria.
Fueron tantos los enamorados que ocuparon las calles que la camarilla de quejosos por la gloria  no alcanzada se obligaron a hacer respetuoso silencio.
En este aniversario, no se advirtió ni  la sombra de ese ayer doloroso de las largas colas en los consulados, de aquel entonces donde fuimos una prueba del saqueo que diez años más tarde haría temblar el equilibrio del poder universal. El amor de los humildes a su tierra disolvió para siempre aquella vieja y decadente voluntad de ser colonia.
Ya vendrán encuestadores a medir el mañana electoral, que en esta dimensión de lo sucedido poco importa en definitiva.
Los doscientos años fueron el festejo de un pueblo seguro de sí mismo y de ser el propietario de su propio destino. Y eso sí, merece festejarse.
Podríamos evocar aquellas sabias palabras de despedida, “llevo en mis oídos la más maravillosa de las músicas que es la voz de mi pueblo”.
El 25 el pueblo habló.

viernes, 28 de mayo de 2010

Bigotes

Imposible describirlos, no sé si son un elemento decorativo o una carga heredada, si ayudan a pasar desapercibido o a convocar adictos al escrache.
Buscando en Corominas, descubrí que contrariamente a lo que podían opinar algunos periodistas que siempre remiten a los griegos, su origen es oscuro y germánico, bî god, “por dios”, en relación a la exclamación que alguna vez suscitaron. 

Los míos son hijos del exilio del 76, una idea de cambiar la cara para iniciar otra historia, pero están en la memoria de mi padre y en la sombría fotografía de mi abuelo.
Cuando me secuestraron les cortaron las puntas para inclinarme a las derechas.
Antes de que Fukuyama decretara el fin de las ideologías eran una definición de posiciones.
Los represores heredaban la moda de Hitler y los cortaban con escuadra para definir los necesarios límites.
La izquierda argentina los alargaba como a sus ilusiones, al estilo Palacios, y Caputo fue fiel a esa tendencia.
Waleza  los tenía extendidos como los sueños de los polacos.
Los de De Gaulle eran sutiles como todo lo francés.
En cambio Stalin,  que era comunista, pero hombre de orden los tenía como todo represor.
O sea que en política los bigotes de líneas geométricas imponen autoridad mientras que los de puntas estiradas refieren a la libertad.
Y si no que lo digan los espectaculares que lucía el genio de Dalí.
Para el tango “attenti pebeta”  son una herramienta de conquista: “que más que bigotes son un espinel”.
Así como las barbas, que no se ponen en remojo, suelen ser todas progresistas, los bigotes transitan todo el arco ideológico y cultural.
Están ausentes en el deporte y en el sacerdocio, son un símbolo masculino tan claro que a la mujer que lo comparte se la suele enviar al circo.
Hay hombres que les son leales de por vida y otros que solo los usan de a ratos.
Algunos apuntan hacia arriba como la esperanza de sus dueños, otros señalan el suelo proponiendo el pesimismo.
Y de puro leales  sobreviven a la calvicie.
Los míos tienen treinta años de permanencia, no estoy seguro de lo que digo, pero pienso que tienen que ver con alguna parte de la identidad, y si me los sacan, me pierdo.

jueves, 20 de mayo de 2010

La patria es un dolor que aún no tiene bautismo - Aniversario

Imposible ser original, un tema obligado suele ser trillado.
En esta conmemoración, el pesimismo será para muchos mayoritario. La fábula de que pudimos ser un gran país y perdimos el zapatito a medianoche, imaginando algunos que nos veían en el podio imperial, mientras tantos inmigrantes se habrían equivocado al bajar en este puerto, la conocemos y de sobra.
Luego, los recuerdos: la versión de los conquistadores es primera ya que nadie impone la versión real de los indios, que solo lograrían sobrevivir en su versión de mestizos. La Revolución de Mayo que nos libera de seguir siendo colonia española, y tantos sueños de ser universales sin llegar siquiera a forjar la propia identidad. Una inmigración tan plural como populosa que altera sin duda el tronco cultural incipiente al que imaginábamos pertenecer y los que nos enrostran un pasado glorioso y una generación brillante, todo eso para ellos, sin que los pobres pudieran siquiera votar.
El Centenario se vivió en estado de sitio y un siglo después, festejamos en democracia, pero con cierta crispación. En aquel tiempo Ricardo Rojas y otros abrían un debate que aún hoy está inconcluso.
Y de este presente agitado que vivimos no queda ni una obra que recuerde la fecha, ni torre ni obelisco que rememore en ladrillos lo logrado entre todos. Los enormes monumentos tubulares que incitan a la queja vehicular en la avenida 9 de Julio me recuerdan al Fellini de Ocho y medio que deposita en una estructura parecida sus dudas e impotencias.
La nuestra es una edad de la patria que está en condiciones de merecer ciudadanos maduros, convencidos al menos de que son adversarios que hace tiempo dejaron de ser enemigos.
Algunos nos comparan sin anestesia con otras experiencias más logradas, como si fuera lo mismo sumar decenas de sangres y culturas que exportar una identidad madura y organizada, como si la geografía y la historia fueran elementos secundarios al desarrollo humano.
No tenemos una identidad dominante, no pudo serlo la española y menos aún al gestar sus propios denostadores; nos llenamos de Italia hasta que una generación lo encontró poco elegante. Convocamos entonces a todas las etnias y alguno pensó que un crisol de razas se volvía síntesis en el primer intento. Demasiadas sangres para lograrlo en tan poco tiempo: en una fragua, el tiempo es necesario para elegir o asumir las características que nos dotan de cultura universal
¡Cómo no cultivar en exceso el psicoanálisis cuando tantas costumbres diversas nos cruzaron en los tiempos de elegir una identidad!
Conocer Europa es encontrar noticias del ancestro, asumir también que cada inmigrante tardó demasiado en consolidarse, que allá las guerras enseñaron mucho más que las palabras.
Pareciera que ahora, en este presente que deslumbra por confuso, ya no quedan dudas de que la patria la integramos todos. Claro que nadie logra tomar la distancia necesaria para ordenar los pedazos de esta manera de vivir la política. No logramos convertir las diferencias en matices y estos en riqueza para el colorido de este espacio que la vida nos legó. Algunos recurren a los próceres, otros recuerdan las injusticias, los hay que exudan pesimismo y hasta una minoría optimista pugna por sobrevivir.
Si bien es cierto que no es alentador el conformismo, no hemos aprendido todavía a respetar lo que somos, a aceptar lo que obtuvimos, como punto de partida para seguir construyendo. Pero mucho menos nos sirve esa frustración agresiva de patriota indignado por los altibajos del destino.
Todavía hay quienes cultivan la teoría del enemigo como energía necesaria para su propio accionar, sin pensar que los sectarismos se mueren por carencia de apoyos.
Sin embargo, parecería haber algo que asoma y comienza a imponer su criterio, ya no nos alcanza con denunciar al culpable.
¡Cuántos de nuestros mayores huyeron de sus tierras creyendo que eran yermas, y décadas más tarde algunos de sus descendientes pugnaban por recobrar aquella identidad! Si los abuelos habían huido de la miseria, algunos nietos terminaron enojándose con la tierra elegida y soñando con volver a la de sus antepasados.
En mi infancia de italianos del sur, algunas tías eran mallorquinas; mi vecino, paraguayo y el ruso mejor amigo de mi padre, un judío más bueno que el pan. El que más nos apañaba era un rosarino peronista y de Boca más morocho que Gardel que pasaba sus tardes en la puerta en pijama celeste y camiseta musculosa .Yo me siento orgulloso de ese pasado de inmigración e interculturalidad.
Hubo una historiografía oficial tan sesgada que exigió un revisionismo para intentar un acercamiento a la verdad, decenas de pensadores y analistas que aportaron su pensamiento para encauzar nuestras inquietudes.
Nosotros convocamos como nadie en América Latina a la inmigración para que en el Centenario hubiera quienes, paradójicamente, cultivaran el odio al recién llegado y armaran organizaciones xenófobas.
Tuvimos liberales del consumidor globalizado e izquierdistas del proletariado universal, y luego nacieron las variantes nacionales de esos rumbos. Todo lo importado necesitó gestar su versión nacional, con aristócratas que llevaban el tango a París y después, abundantes enamorados del imperio de turno.
Estamos gestando una identidad nacional, participando del parto de una cultura con decenas de aportes plenos de energía, angustiados por dejar un rasgo en el rostro definitivo. Es muy lento el avance pero es necesario señalarlo, cada vez nos alejamos más de la violencia entre enemigos para elegir los matices y enriquecer la mirada. Aunque doscientos años son demasiados para una vida y muy escasos para forjar una patria, hay una edad de nuestro país que nos acerca a una convivencia madura como fruto de un encuentro forjado.
Un mundo de inmigrantes que cargan sus memorias y sus próceres, una tierra donde no nos entendemos en el presente y mucho menos lo podemos hacer con el pasado. Con teóricos que estudian y debaten y un pueblo que impone su impronta con su hacer.
Yo admiro al maestro Borges, pero me siento discípulo de Leopoldo Marechal.:“La patria debe ser una provincia de la tierra y del cielo”. No acepto la hora de la espada de Lugones, claro que los relatos que narran mi destino son muchos y diversos y me cuesta todo el tiempo de vigilia encontrar un mañana diferente y más nuestro.
Somos una sociedad que se asoma a concluir su pubertad, una mezcla que se acerca a una síntesis. Siento que estamos cerca, que nos empezamos a enamorar de cómo somos y a sentirnos más seguros de la forma de vida que supimos forjar.
Insisto en esta idea: si los años nos miden el amor a lo nuestro, nos parece poco lo que hemos conseguido, pero empezamos a coincidir en el amor a esta tierra, y de a poco también a preferir a sus habitantes. Para una Nación, doscientos años es una marca de plena juventud, estamos maduros para conmemorar en soledad lo logrado, hacia delante ya podremos festejar todos juntos.
Quizá estemos más cerca de alcanzarlo.